En un
abril con muchas propuestas musicales en Sabadell –tanto dentro como fuera de
las salas de concierto- la convocatoria del 17 de abril de Joventuts Musicals se ha
saldado con otro éxito. Dos jóvenes
lumbreras como Fernando Arias y Luis del Valle demostraron una progresión y una
calidad artística en un programa variado, de raíces románticas y propicio a las
efusiones líricas de amplio vuelo.
El
atento Luis del Valle secundaba con la seguridad de quien domina el teclado con
gesto acaparador y sutil a voluntad, y que se sabe garantía de respaldo. De
esta manera Fernando Arias extraía un sonido rico y homogéneo, con mucho vibrato, idóneo para un repertorio que
explota la preeminencia del violoncelo con grandes meandros melódicos como el Adagio y el Allegro para violoncelo y piano
de Schumann, la Introducción y polaca
brillante de Chopin y los pasajes más tensos y exhalantes de la Sonata en re menor de Shostakóvich. Es
fácil presuponer que uno de sus referentes es Rostropóvich, a la vez que,
escuchados algunos de los preludios de Scriabin por el pianista, Luis del Valle
se revela como un intérprete de ascendencia beethoviana, lisztiana y de Prokófiev.
Ahora
bien, la intensidad y la pureza buscados por Arias a veces presentaban cierta
falta idiomática en obras exigentes como la de Shostakóvich. En parte por una
homogeneidad expresiva que contrastaba poco el “melos” de raíz tchaikovskiana
con la acidez y la opresión propias del compositor, por mucho que técnica y
rítmicamente los resultados fuesen meritorios. La ironía en música, tan
abstracta como imprecisa, ha de rebasar los márgenes de la ambigüedad.
La
adaptación del lied “Que descansen en paz todas las almas” de Schubert cerró
una sesión aplaudida por un público satisfecho por el carácter, la vehemencia y
la intensidad de los intérpretes. Unos trazos presentes en la Suite de Cassadó, bien enfocada por
Arias como soliloquio y con precisos sonidos aflautados en la cuerda aguda en
el Preludio-Fantasía iniciales y “rasqueados” en el último movimiento.
Por
cierto, ¿hay que recordar que el toser, los caramelos y los móviles que se caen
al suelo provocan molestias a los otros asistentes y a los músicos que, por
encima de todo, están trabajando y merecen el máximo respeto?
Programa:
En un
abril con muchas propuestas musicales en Sabadell –tanto dentro como fuera de
las salas de concierto- la convocatoria de este mes de Joventuts Musicals se ha
saldado con otro éxito. Dos jóvenes
lumbreras como Fernando Arias y Luis del Valle demostraron una progresión y una
calidad artística en un programa variado, de raíces románticas y propicio a las
efusiones líricas de amplio vuelo.
El
atento Luis del Valle secundaba con la seguridad de quien domina el teclado con
gesto acaparador y sutil a voluntad, y que se sabe garantía de respaldo. De
esta manera Fernando Arias extraía un sonido rico y homogéneo, con mucho vibrato, idóneo para un repertorio que
explota la preeminencia del violoncelo con grandes meandros melódicos como el Adagio y el Allegro para violoncelo y piano
de Schumann, la Introducción y polaca
brillante de Chopin y los pasajes más tensos y exhalantes de la Sonata en re menor de Shostakóvich. Es
fácil presuponer que uno de sus referentes es Rostropóvich, a la vez que,
escuchados algunos de los preludios de Scriabin por el pianista, Luis del Valle
se revela como un intérprete de ascendencia beethoviana, lisztiana y de Prokófiev.
Ahora
bien, la intensidad y la pureza buscados por Arias a veces presentaban cierta
falta idiomática en obras exigentes como la de Shostakóvich. En parte por una
homogeneidad expresiva que contrastaba poco el “melos” de raíz tchaikovskiana
con la acidez y la opresión propias del compositor, por mucho que técnica y
rítmicamente los resultados fuesen meritorios. La ironía en música, tan
abstracta como imprecisa, ha de rebasar los márgenes de la ambigüedad.
La
adaptación del lied “Que descansen en paz todas las almas” de Schubert cerró
una sesión aplaudida por un público satisfecho por el carácter, la vehemencia y
la intensidad de los intérpretes. Unos trazos presentes en la Suite de Cassadó, bien enfocada por
Arias como soliloquio y con precisos sonidos aflautados en la cuerda aguda en
el Preludio-Fantasía iniciales y “rasqueados” en el último movimiento.
Por
cierto, ¿hay que recordar que el toser, los caramelos y los móviles que se caen
al suelo provocan molestias a los otros asistentes y a los músicos que, por
encima de todo, están trabajando y merecen el máximo respeto?
Programa:
En un
abril con muchas propuestas musicales en Sabadell –tanto dentro como fuera de
las salas de concierto- la convocatoria de este mes de Joventuts Musicals se ha
saldado con otro éxito. Dos jóvenes
lumbreras como Fernando Arias y Luis del Valle demostraron una progresión y una
calidad artística en un programa variado, de raíces románticas y propicio a las
efusiones líricas de amplio vuelo.
El
atento Luis del Valle secundaba con la seguridad de quien domina el teclado con
gesto acaparador y sutil a voluntad, y que se sabe garantía de respaldo. De
esta manera Fernando Arias extraía un sonido rico y homogéneo, con mucho vibrato, idóneo para un repertorio que
explota la preeminencia del violoncelo con grandes meandros melódicos como el Adagio y el Allegro para violoncelo y piano
de Schumann, la Introducción y polaca
brillante de Chopin y los pasajes más tensos y exhalantes de la Sonata en re menor de Shostakóvich. Es
fácil presuponer que uno de sus referentes es Rostropóvich, a la vez que,
escuchados algunos de los preludios de Scriabin por el pianista, Luis del Valle
se revela como un intérprete de ascendencia beethoviana, lisztiana y de Prokófiev.
Ahora
bien, la intensidad y la pureza buscados por Arias a veces presentaban cierta
falta idiomática en obras exigentes como la de Shostakóvich. En parte por una
homogeneidad expresiva que contrastaba poco el “melos” de raíz tchaikovskiana
con la acidez y la opresión propias del compositor, por mucho que técnica y
rítmicamente los resultados fuesen meritorios. La ironía en música, tan
abstracta como imprecisa, ha de rebasar los márgenes de la ambigüedad.
La
adaptación del lied “Que descansen en paz todas las almas” de Schubert cerró
una sesión aplaudida por un público satisfecho por el carácter, la vehemencia y
la intensidad de los intérpretes. Unos trazos presentes en la Suite de Cassadó, bien enfocada por
Arias como soliloquio y con precisos sonidos aflautados en la cuerda aguda en
el Preludio-Fantasía iniciales y “rasqueados” en el último movimiento.
Por
cierto, ¿hay que recordar que el toser, los caramelos y los móviles que se caen
al suelo provocan molestias a los otros asistentes y a los músicos que, por
encima de todo, están trabajando y merecen el máximo respeto?
Programa:
Obras
de Cassadó, Scriabin, Schumann, Shostakóvich, Chopin.
Fernando
Arias, violoncelo. Luis del Valle, piano.
Por Albert Ferrer Flamarich