Los conciertos tuvieron lugar
fuera de la célebre sala modernista, en la basílica de Santa Maria
del Pi, situada en el corazón del barrio gótico. Lo cierto es que
ningún escenario podría ser tan adecuado para homenajear a Pärt,
para quien la espiritualidad lo permea todo, incluso su música
(«Religión y vida – es todo lo mismo»). Al margen del carácter
religioso de la mayoría de sus textos, la característica sonoridad
de su música -esa incesante búsqueda de la unidad de los sonidos a
partir de dos voces que deben considerarse una- está íntimamente
enlazada con la concepción que tiene el propio Pärt del espíritu
humano, cuyo dualismo (cielo/tierra, cuerpo/espíritu...) está
simbolizado en la relación entre las voces melódicas y
tintinnabulares.
El propio nombre tintinnabuli, que hace referencia al sonido de
campanas, indica una conexión clara con el papel de la música en la
liturgia ortodoxa, fe que abrazó Pärt en los años setenta, justo
durante la germinación de su nueva estética. En ella las campanas
son el único instrumento utilizado y juegan un papel de icono
auditivo, representando la expresión de júbilo y triunfo de la
Iglesia de Dios. Por ese motivo las interrupciones de las campanas de
la basílica durante el concierto fueron perdonables.
El escenario escogido también debió complacer a los interpretes de
los primeros dos conciertos, el excepcional Coro de la Radio de
Letonia. Bajo el mando de su director artístico Sigvards Kļava esta
formación ha logrado unas cotas de excelencia increíbles, situándose
como uno de los mejores coros de cámara del mundo. Según se puede
leer en su propia página web,
'...[el coro] puede ser descrito como un laboratorio del sonido –
los cantantes exploran sus habilidades tanto a través de los
misterios del canto tradicional como del arte de los cuartos de tono,
los sobre-tonos y otras técnicas de emisión. El coro ha establecido
un nuevo paradigma de las posibilidades de la voz humana'
Si a alguien le parece exagerada tal descripción, deberá asistir a
alguna de sus actuaciones: quedará atónito ante su dominio, no solo
de la voz, también del espacio. En efecto, el coro es capaz de
aprovechar la complicada -y, para la mayoría de formaciones,
perjudicial- acústica de las iglesias con el fin de manipular el
sonido y crear efectos casi sobrenaturales: desde la des localización
del sonido hasta efectos resonantes que hacen perfectamente audibles
los armónicos de las distintas voces. Pero por encima de todo, la
mas espectacular del coro es la capacidad de cantar como una sola
voz. No se trata solo de un equilibrio perfecto entre voces, de la
ausencia de vibrato o de una afinación impecable... se trata de
cantar como si detrás de esa voz hubiera una sola alma... ¡y qué
alma! Éste sonido ideal al que todos los coros aspiran y que el
Latvian realmente consigue es la plasmación sonora de la unidad que
busca Pärt en sus obras: «lo complejo y polifacético solo me
confunde. Debo buscar la unidad.»
El programa de este primer concierto incluyó cuatro piezas de Pärt
y tres del compositor catalán Bernat Vivancos. La inclusión de este
último en el programa responde a dos motivos. Por un lado el Coro de
la Radio Letona interpreta a menudo su obra e incluso han grabado un
disco monográfico con obras suyas. Pero más importante es la
vinculación estética que existe entre ambos compositores, quienes
intentan llegar a sus objetivos por los mismos medios: un lenguaje
que busca la pureza del sonido a partir de materiales simples y que
no renuncia a la tonalidad. Sin adoptar la técnica de los
tintinnabuli que caracteriza a la obra madura de Pärt, las
obras de Vivancos muestran una compleja estructura a base de combinar
elementos muy simples, igual que sucede en las obras del estonio. De
esta confrontación de dos técnicas distintas construidas sobre
cimientos estéticos comunes surge el diálogo al que hacia
referencia el título del concierto. Pero Vivancos es mucho más que
el epígono de Pärt. Su estilo es mucho mas amplio y original, y
sus técnicas mucho más variadas, como mostraron las tres obras que
pudimos escuchar. De ellas, la última, Aeternam (2012) es la
más tradicional, y más cercana a Pärt por su calma y textura
homofónica. Mucho más impactantes fueron las otras dos. La primera
de ellas, Le cri des bergers, podría considerarse un genial
estudio sobre el eco. Con estas palabras define la obra su
compositor:
«Le cri des bergers» es un canto de soledad. Es también un grito
de angustia, de sufrimiento, de incertidumbre, es, en el fondo, un
canto perdido que resuena en nuestro interior. Si sabemos escuchar
los «ecos del silencio» de esta soledad, de esa angustia, de este
sufrimiento e incertidumbre, de este canto perdido... podremos
transformar el silencio en magia, la magia en sonido, y el sonido en
belleza. Será entonces, cuando, misteriosamente, la soledad
encuentra compañero; la angustia se convierte en paz, el
sufrimiento, alegría. Es entonces cuando este canto perdido es
correspondido con la misma fuerza.
Partiendo
de la solitaria llamada de un pastor, consistente en un intervalo
descendente de tercera menor, Vivancos teje con el resto de miembros
del coro un entramado de sonidos que va del simple eco inicial a un
zumbido inquietante que, poco a poco, se va relajando para dar paso a
un paisaje mas sereno. Pero
la pericia de Vivancos va mucho mas allá de crear complejas texturas
que juegan con el concepto de eco. Las cuidadas armonias están
diseñadas para producir sonidos sorprendentes, fruto de la
interferencia entre los armónicos de las distintas voces, sin duda
potenciado por la reverberación de la iglesia (¿cuantos coros en el
mundo serían capaces de producir tales efectos con la perfección
que consigue el Latvian Radio Choir ?). Este rasgo es todavía más
acusado en la siguiente obra, O
Virgo Splendens,
cuya interpretación supuso su estreno nacional. Si Le
cri des bergers es
una obra magnífica que logró focalizar la atención del espectador
hacia el compositor local, con O
Virgo Splendens Vivancos
firma una obra maestra que lo sitúa al nivel de su ilustre compañero
de cartel y, a priori, protagonista del evento. Porque, en efecto,
esta obra eclipsó al resto y, situada justo en el medio del
programa, rompió totalmente el dialogo entre los dos compositores,
otorgando a Vivancos una voz preeminente. No se trata de comparar la
calidad de ambos compositores, puesto que cada uno busca y ofrece
cosas distintas, pero ni el célebre Magnificat
ni el emotivo Da
pacem Domine
de Pärt lograron compensar el impacto producido por el estreno de
Vivancos. Lo que debía ser un homenaje al maestro acabo siendo el
triunfo del alumno, lo cual no deja de ser en cierto modo un homenaje
a quien abrió el camino en primer lugar.
Volviendo a Pärt, sus obras seleccionadas para este concierto iban
del 1989 al 2004, barriendo una amplia franja de años y mostrando la
inquebrantable fidelidad del compositor a su estilo y a la vez la
fecundidad de una técnica que a priori podría ser tildada de
artificial y demasiado estricta. Empezando con Triodion
(1998), el Coro de la Radio Letona sorprendió al público con su
capacidad de cantar con un volumen de sonido casi imperceptible sin
perder ni la calidad tímbrica ni la proyección. Una de las
características de esta pieza -común a toda la obra de Pärt aunque
normalmente de forma más implícita- es la importancia del silencio
como elemento musical. Al final de cada oda el título es repetido
varias veces con pausas entre repeticiones y entre palabras. Estas
pausas tienen que entenderse como parte de la música, y Kļava las
integró con total fluidez, consiguiendo que las transiciones
sonido-silencio fueran lo más orgánicas posible. La siguiente obra fue el Magnificat, una de las composiciones
más conocidas de Pärt y en la que usa la tintinnabulación
con gran sofisticación. La obra está construida a base de una serie
de alternancias entre una textura a dos voces (verso, una de
las voces consistente siempre en la misma nota cantada por una
soprano) y otra a tres (tutti). Mientras que la primera
presenta una mayor libertad, esta última sigue a la perfección la
técnica de Pärt: una voz melódica que se mueve alrededor de una
nota central y cuyo movimiento depende, en parte, de la longitud de
cada palabra cantada, más dos voces tintinnabulares,
formadas por las dos notas del acorde de fa menor inmediatamente por
encima de la nota de la melodía. Para finalizar el concierto se
interpretó la obra más reciente de Pärt de las que figuraban en el
programa: Da pacem Domine.
Se trata de un encargo de 2004 de su amigo Jordi Savall -quien, por
cierto, también asistió al concierto- que el compositor empezó a
escribir dos dies después de los atentados del 11-M en Madrid como
su personal tributo a las víctimas. La obra se interpreta cada año
para recordar tan terrible acontecimiento y dispone de múltiples
versiones para distintas formaciones. De nuevo está escrita en
estilo tintinnabular
pero con mayor libertad que en el caso de las otras obras.
Al finalizar el concierto ambos compositores se levantaron para
recibir los aplausos del público. Ésta breve salutación de Arvo
Pärt fue el único detalle que mostraba que a parte de un concierto
extraordinario también se trataba de un homenaje. A pesar de que
Pärt es una persona introvertida que no gusta de tomar protagonismo,
se echó en falta algo más de calidez en el acto, algún detalle que
lo alejara del frio ritual que caracteriza los conciertos de música
clásica. Puestos a pedir, una breve presentación de su trayectoria
y de las obras interpretadas hubiera sido perfecto.
por Elio Ronco Bonvehí